A Álvaro Medina Essentia WhatsApp

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No me hablo con mi madre desde hace años. ¿Y si eso es el problema?

Llega una mujer a consulta. Empresaria, capaz, treinta y muchos. Los proyectos no cuajan, la pareja no se queda, el dinero se va.

Le pregunto por su madre.

Se ríe. “Esa señora y yo no nos hablamos hace años. Mejor así.”

No me sorprende.

La frase que casi todos repiten

“Mejor así.” La he escuchado mil veces. “Es tóxica.” “Hicimos las paces de lejos.” “Cada quien por su lado.” “Yo ya cerré ese capítulo.”

Cada una de esas frases parece una decisión adulta. Lo que la mayoría no sabe es que sistémicamente todas dicen lo mismo: la fuente está cerrada.

Y por una fuente cerrada no entra solo la persona que cerraste. Entra todo lo que viene detrás de ella.

Por qué duele eso que parece liberación

Cuando dejaste de hablarle a tu madre, lo más probable es que tuvieras razones reales. No vine a invalidártelas. Hubo daño, hubo abandono, hubo algo que no se pudo sostener.

El problema no es que cortaras. El problema es lo que el corte te quita sin que te des cuenta.

Sistémicamente, la madre es la primera fuente. Por su cuerpo llegaste a la vida, por su mirada aprendiste a recibirla, por su nombre te llamaste alguien. Lo que pase con ella adentro de ti rige —de manera silenciosa pero implacable— la forma en que la vida se acerca a ti después.

Si la rechazas, se cierra la fuente. Y por esa puerta no entra solo ella: se cierra el dinero, el reconocimiento, la pareja. Lo que parece “no tengo suerte en X área” suele ser, en clínica, una madre no tomada.

Por eso las personas que más cortan con su madre suelen ser las que más se sostienen a pulso. Las más cansadas. Las más sole-fuertes.

”Pero es que ella…”

Aquí es donde la mayoría me interrumpe.

“Pero es que ella sí me hizo daño.” “Pero es que ella nunca me quiso.” “Pero es que ella no era una buena madre.”

Todo eso puede ser cierto. Lo trágico es que ser cierto no resuelve nada.

El reclamo —válido como sentimiento humano— es lo que mantiene cerrada la fuente. No es liberación. Es atadura. Tu enojo con ella te tiene a ella adentro. La estás cargando aunque no le hables.

La pregunta que importa no es “¿tengo razón?”. Probablemente sí. La pregunta es “¿la razón resuelve mi vida?”.

Casi nunca lo hace.

Las tres trampas más comunes del corte

He visto estas tres mil veces en consulta:

1. “Hago las paces de lejos.” Le mandas mensajes en su cumpleaños, le hablas para emergencias, no la vas a ver. Crees que eso es resolver. Sistémicamente sigue cerrada — solo le pusiste educación.

2. “Yo ya la perdoné.” Lo dices con calma. Lo que se observa clínicamente: el perdón rápido, el perdón de cabeza, el perdón sin trabajo previo, no es perdón. Es una tapa. Y debajo de la tapa la fuente sigue cerrada.

3. “No la odio, simplemente no me importa.” Esta es la más sofisticada. La indiferencia es el último disfraz del enojo. Si de verdad no te importara, no se nombraría. Cuando alguien te pregunta por tu madre y respondes “no me importa”, lo que estás describiendo es una herida tan grande que prefieres llamarle nada.

Qué pasa cuando la fuente vuelve a abrirse

No te voy a vender que reconciliarte con tu madre va a resolver tu vida. No funciona así.

Lo que cambia, cuando se trabaja bien, no es la relación con ella. Es la relación con la vida.

En consulta lo veo todas las semanas. Personas que llevaban años en pausa empiezan a moverse en la pareja, en el dinero, en los proyectos —semanas o meses después de un trabajo de ordenamiento sistémico con la madre. Y muchas de esas personas siguen sin hablarle a la madre real. El movimiento no fue reconciliarse afuera. Fue reconciliarse adentro.

Lo que cambia es interno. Lo externo se acomoda solo, o no se acomoda — y en ambos casos la vida sigue, ahora sí.

”¿Tengo que volver a hablarle?”

No. Esa es la pregunta equivocada.

La pregunta correcta es: “¿Puedo dejar de cargar el rechazo adentro de mí?” Porque el contacto externo es opcional. El ordenamiento interno no.

Hay personas con madres muy violentas, con madres con problemas de salud mental serios, con madres que las dañaron de formas concretas. En esos casos, mantener distancia física es prudencia. Pero adentro, sistémicamente, hay un trabajo que sí se puede hacer y que cambia las cosas — incluso sin un solo mensaje a ella.

Eso es lo que en la línea de Hellinger se llama tomar a la madre. Suena técnico. En la práctica es: dejas de fingir que no la necesitas, dejas de mantenerla afuera del relato, dejas de gastar la energía que estás gastando en odiarla o en demostrar que estás bien sin ella.

Eso libera mucha energía. Esa energía es la que la mayoría está echando de menos sin saber por qué.

Un primer paso pequeño

Hoy, en silencio, di esta frase dirigida a la imagen interna de tu madre. No tienes que hablarle externamente. Solo decirla adentro:

“Mamá, tú me diste la vida. Eso te lo recibo. Lo demás, lo demás lo trabajo yo.”

Repítela tres veces. Despacio.

Si aparece resistencia —“no, ella no merece”, “yo no tengo que decirle nada”, “está más fácil decirlo que hacerlo”— déjala aparecer. La resistencia es información, no es enemigo. Sigue diciendo la frase mientras la sientes.

No estás pidiéndole nada. No la estás disculpando. Estás haciendo un movimiento mínimo —reconocer la fuente— que puede empezar a desatorar lo que lleva años atorado.

Lo que sigue

Si esto te abre algo y no sabes qué hacer con eso, hay dos caminos:

Pero el primer movimiento empieza con dejar de creer la frase “mejor así”. Casi nunca es así. Casi siempre es la fuente cerrada vendida como decisión.

Resolvemos o repetimos.


Si quieres profundizar, conoce el seminario “Tomar a la madre” o agenda una sesión individual. Si quieres un ejercicio concreto para empezar, lee Tomar a la madre · ejercicio práctico.

Resolvemos o repetimos.

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